
organista, a quien pude ver en vivo en New York en 1973. Toda una banda de rock que aquel año y el posterior, ya con nuevos cantante y bajista, se volvió una máquina de hacer billetes y de llenar el Madison Square Garden ya cuando los viera por segunda vez y también grabara en un Sony a cassette que aún conservo.
Charlie es un marqués pobre, técnico de sonido y flautista. En el año 2001 di mi último concierto en Rennes-le-Château con Charlie apoyando en sonido. Nadie hubiese dicho allí que uno que se esconde con un marqués eran los que tocaban en los jardines del Abad Saunière.
Por ello siempre afirmé que “los clásicos eran más rockeros”. Mozart componiendo en pedo y de juerga en juerga, Bach inventando el auto-stop con aquello de señalar con el pulgar para que los carruajes pararan y lo llevaran a tocar, Schubert travestido, fumando opio en el parque y muriendo de sífilis a los 31 años, Vivaldi con sus orgías en su coche de caballos, Haendel alquilando un bote y vistiendo andrajosamente para que el rey lo escuchara en el Támesis y se dignara a contratarlo. La lista es grande y más hippie que estas actuales stars con su “man sión”, coches, barcos, grandes estudios de grabación repletos de instrumentos, todo el día hablando de lo que vendieron, venden o venderán (Brahms ni piano quería tener; lo alquilaba) y de cifras y más cifras tan insulsas como su repetitiva música de 3 minutos al mismo aburrido volumen desde que empieza la canción hasta que, por suerte, termina.
En cualquier caso, John Lord fue uno de los grandes de estos tiempos. Estaba por re-estrenar su sinfonía precisamente ahora. También acompañó a Blackmore (guitarrista y alma mater de Deep Purple en sus inicios), durante su reciente etapa renacentista y medieval. Un Lord de verdad y otro más que se nos fue en el 2012.
















Un artículo de homenaje a Jon Lord, en el que de lo que menos se habla es de Jon Lord, bonito homenaje para todo un genio si señor.